Debates

Fetiches civilizatorios

Una colaboración con la web de divulgación sociológica Entramados Sociales

26 de abril de 2021
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Publicado originalmente en abril de 2021 en Entramados Sociales bajo licencia Creative Commons

Esta reseña del libro de Nancy Isenberg (2020), White Trash (Escoria Blanca), muestra las muchas conexiones que este libro tiene con temas y puntos de vista centrales en la historiografía latinoamericana y en el trabajo del equipo de HeterQuest sobre la noción de heterogeneidad: herencia colonial, racismos, oligarquías esclavistas y liberales, luchas de clases, ocupación, expulsión y violencia en los territorios, populismos, estigmas colectivos, y la larga duración con el problemático 1492 como año cero de la era americana.

Texto íntegro

Nacy Isenberg muestra y analiza la abrumadora evidencia de la lucha de clases en Estados Unidos a lo largo de cuatrocientos años, poniendo el énfasis en la doble cara del descalificativo White Trash (escoria blanca): las transformaciones en las condiciones de vida de los pobres blancos (no-negros, no-hispanos, no-indios…) y la formación ideológica de estigmas de clase.

Aunque apareció en inglés en 2018, el muy reconocido libro de Nancy Isenberg no es una explicación del voto a Donald Trump, ni siquiera es un objetivo indirecto. Sólo se refiere al expresidente dos veces, algo anecdóticas, en las 710 páginas de la versión en español. El ascenso y presidencia de Bill Clinton recibe mucha más atención, a quien analiza como verdadero chico de campo del sur, incluso como más “negro” que Obama.

Tampoco es un ensayo sobre los “blancos pobres” en USA, esos para los que se ha desarrollado un creativo léxico cargado de descalificativos, estereotipos, sesgos morales, falsedades, injurias, etc., que la autora aglutina bajo el término White Trash (la terminología es amplia, desde el más conocido rednecks, hasta hillibillymudsillcorncracker o lubber, lo que lleva al traductor a adelantar un breve glosario de 15 términos, más numerosas notas a pie de página que aclaran sentidos alternativos de otras palabras y de expresiones de difícil traducción). Hay magníficas descripciones de la vida de esos pobres que, desde el siglo XVII, han trabajado en relaciones de servidumbre, han sido desplazados a la fuerza desde Inglaterra o desde Georgia, según los procesos de colonización, concentración de propiedades, selección del vecindario o coste de la fuerza de trabajo, y han ocupado, hasta el estigma geográfico, las “malas tierras”. Pese a esas descripciones, las gentes en ellas incluidas no son el objeto central del libro.

Que la victoria de Donald Trump en 2016, con el antecedente Tea Party de Sara Pallin, y los rasgos sociales de los blancos pobres hayan centrado la atención, apunta a las preocupaciones y los sesgos de observación de quienes han reseñado el libro y de los medios en que han aparecido esas reseñas.

Isenberg nos dice que ha tratado de hacer un ensayo histórico sobre “la herencia colonial” en la historia de las clases sociales en Estados Unidos y sobre los esfuerzos ideológicos por encubrir la gran violencia de esa historia y dar “certeza” al mito nacional de ser un país excepcional, hecho de nueva planta y bajo criterio de orden natural en los que la igualdad estaba jerarquizada. En esa historia hay un contraste que hila toda la argumentación. De un lado está la ingente evidencia, de todos conocida y que la autora documenta en cada párrafo, sobre la violencia física y simbólica aplicada a los pobres en un país que presume de igualdad y riqueza. De otro, está el hecho de ser una historia no contada (en inglés untold, en la versión en español ignorada). Es decir, algo muy conocido y que aparece en los descalificativos comunes, en las novelas más cultas, en la televisión o en la música, no tiene un relato que lo muestre y lo reconozca como asunto central en la formación del país y su representación simbólica. Entender ese contraste es la principal preocupación de Isenberg.

La estrategia para resolver esa preocupación es la de escribir el relato que falta y dotarlo de fundamento histórico a lo largo de 12 capítulos, que sirven como “narraciones densas” con las que construir la prueba. Los textos de la introducción y el epílogo enmarcan teórica y éticamente el esfuerzo intelectual. Los títulos de las tres partes del libro que aglutinan los capítulos construyen el sentido histórico de esa larga duración de cuatrocientos años que nos cuenta: la primera parte, “Partir de cero en un mundo nuevo”, incluye los cinco capítulos dedicados a la colonización del territorio, la formación de la jerarquía de clases en torno a la tierra, el trabajo forzado, la esclavitud y las élites estatales, así como a la independencia nacional de estas élites y la construcción del oeste como frontera civilizatoria; la segunda parte, “La degeneración de la raza norteamericana”, con otros cinco capítulos, gira en torno a la Guerra Civil como lucha de clases y de estrategias racialistas (esclavistas en el Sur y liberales en el Norte), así como sobre sus violentas y eugenésicas reiteraciones hasta la Gran Sociedad de L. B. Johnson en los años sesenta; la más breve tercera parte, dos capítulos, muestra “El cambio de imagen de la escoria blanca” durante la formación de un espacio de lucha cultural plenamente nacional, gracias a los medios de comunicación y la reconfiguración de los partidos políticos y los movimientos sociales.

En todos los capítulos, la atención está puesta en el trabajo de las élites para la creación de estereotipos estigmatizadores respecto de los pobres y los esclavos, al mismo tiempo que promueven representaciones nacionales fuertemente contrastadas: por una parte, ocultan la desigualdad socioeconómica como hecho estructural y, por otra, remarcan las diferencias “naturales” en los individuos y sus linajes colectivos. Isenberg subraya el peso que el lenguaje de la competencia justa (divina o/y evolutiva) dentro de un mítico orden agrícola natural, creado por las élites políticas y económicas durante la formación e independencia del país, ha tenido y sigue teniendo en esas representaciones. Ese trabajo de las élites es el principal objeto de todos los capítulos, desde los geniales dos primeros en que desmonta los mitos de la amable ocupación del territorio a manos de comprometidos hombres de fe y avezados agricultores cuáqueros, hasta los dedicados a las prácticas eugenésicas o al reciente ascenso de “los mascamazorcas y los patanes” a figuras de la cultura dominante, con Bill Clinton y Sara Palin como sus principales adalides.

De los varios asuntos interesantes que surgen en el libro, hay tres que requieren un breve apunte por su relevancia teórica e historiográfica

El primero gira en torno al objetivo de hacer una historia de larga duración de las clases sociales en Estados Unidos. Aunque no se hace de manera explícita o teóricamente elaborada, la noción de clase que se usa remite a las distinciones socioeconómicas más gruesas –en la tensión entre más ricos y más pobres– y a las luchas sociales propias del despliegue de la sociedad capitalista, en especial respecto de la concentración de la propiedad y la disponibilidad de fuerza de trabajo. Pero no se trata de una descripción de época o del resultado de una encuesta de auto-adscripción en casillas ya marcadas, perspectiva que la autora critica por encubridora, sino de una historia social, política y, especialmente, cultural de cuatro siglos. En esa historia, la clase social de peor situación económica estaría marcada, externa e internamente, por la continuidad y las transformaciones de las siguientes fuerzas sociales: la variada tipología de trabajos forzados (servidumbres, mayordomos, secuestro de niños, contratos de viaje, deudas, etc.); las formas de trabajo, más o menos autónomas, de subsistencia; la esclavitud y el racismo como marcadores culturales y políticos; la precariedad y segmentación laboral; la permanencia de poblaciones numerosas sin hogar; el uso de los niveles local, estatal y federal en las confrontaciones políticas y sus demarcaciones sociales;  y las geografías de la pobreza (pantanos por drenar y bosques por desbrozar, sequías de las que escapar, gentrificación, concentración de la propiedad, cabañas, caravanas, carreteras y fronteras). Este conjunto de fuerzas sociales interrelacionadas crea un recorrido de experiencias de estratificaciones disponibles, como si fuera un manual de sociología o un museo vivo de historia social (que dicen en América Latina), más que una estructura social que se pueda confirmar con descripciones socioeconómicas o, menos aún, encuestas de auto-adscripción. En ese recorrido emerge, desde el inicio del libro, la noción de “casta” como linaje y distinción entre esos recorridos, como clase racializada que naturaliza y localiza a todos los estratos, desde los rednecks de Luisiana, a los cuáqueros de Philadelphia, pasando por los esclavos de Georgia, los mexicanos de Texas o los nativos desde la Florida a Oregón.

El segundo asunto es el combinado de “excepcionalidad” y “novedad” como sino de los Estados Unidos, marca y designio que este país disputa al resto de América. Aquí, Isenberg sí entra a la crítica histórica y el comentario irónico, cuando no sarcástico. Muestra la continuidad humana y cultural entre una despiadada Inglaterra aristocrática y mercantil y la formación de la “nueva” nación. Además, apunta al uso ideológico de los contrastes con México y, por extensión, con América Latina, región a la que se habría calificado de caótica y fracasada y que sirve de contraejemplo para identificar a los Estados Unidos. El otro contraste que perfila la excepción y la novedad estadounidense sería con una Europa estamental y en declive, sin vigor democrático. Lo curioso en el relato que nos ofrece Isenberg es que, hasta los años setenta del siglo XX, los White Trash habrían representado a esos dos casos de declive o fracaso civilizatorio dentro del país, ya fuera porque procedieran de las cárceles y las calles inglesas y europeas, o porque hubieran degenerado en las mezclas y la desidia meridional.

Por último, está la perspectiva historiográfica de larga duración que se puede calificar de americana por dos rasgos fundamentales: el primero, la posibilidad de fijar un inicio sin mayores antecedentes y delimitar el arco temporal a sólo 400 años, algo extraño a otras historiografías sin fondo en sus antecedentes y con periodizaciones más largas; el segundo, y fundamental, por el papel que juega en la perspectiva, es la noción de “herencia colonial”, que es previa y distinta a la noción de colonialidad inspirada en los “estudios post-coloniales” iniciados en la India y el sudeste-asiático, y en la que se remarca la reproducción histórica en las instituciones y en los esquemas culturales de vivir.

En estos tres binomios (clase-casta, excepcionalidad-novedad y larga duración-herencia colonial) el libro de Isenberg recuerda, guardando las distancias de tema y casuística, a la Historia Contemporánea de América Latina de Tulio Halperin Dongui o, incluso más, al libro de Julio Cotler Clase, estado y nación en el Perú. No sé si la autora es consciente del paralelo, pero su libro es una actualización de los problemas y las perspectivas historiográficas que la teoría de la dependencia inspiró durante los años sesenta y setenta, y desde la que, algunos, saltaron, sin mayores reparos, a los estudios postcoloniales. Eso sí, es un combinado de la teoría de la dependencia y los estudios poscoloniales aplicado al hegemón, lo cual es muy interesante y problemático, aunque no podamos desarrollarlo aquí.

Pero al leer el libro y pensar en esta reseña para Entramadossociales, tenía en mente otro asunto más, previo pero presente en el libro, y sobre el que Enrique Martín Criado ya ha escrito en esta web. Me refiero al trabajo sociológico e historiográfico de comprender como parte, incluso primera, de la investigación y la explicación. En la reseña de Enrique del libro Extraños en su propia tierra, hace un elogio del trabajo de Arlie Russel Hochschild en tanto que trata de entender las vidas de personas, muy alejadas de sus propias condiciones socioeconómicas y sus convicciones morales, sin convertir esa distancia en un pedestal desde el que juzgarlas. Además, Enrique defiende ese comprender como parte del esfuerzo por explicar y como la mejor garantía para una acción social y política consciente y efectiva. Isenberg reivindica, para sí y para muchas otras autoras, este rigor científico, y denuncia los muchos textos y declaraciones de sentido contrario, incluso cuando vienen de personas que pertenecen o pertenecieron a los sectores denostados con términos como White Trash. El caso es que la reivindicación de Enrique y de Nancy Isenberg no es nueva y no faltan los muchos textos que han tratado de cumplir con ella. No soy un experto en historia de Estados Unidos, pero hay muchos buenos textos en ese sentido, incluso la propia Isenberg da cuenta de esos esfuerzos desde las primeras décadas de la colonización, en los que Georgia se fundó contra los efectos de la esclavitud en las clases populares, tal como ocurría en Virginia y Carolina, hasta algunos esfuerzos de la sociología durante el New Deal y la literatura social más reciente.

Teniendo en cuenta todo lo dicho hasta aquí respecto del libro y de la preocupación por comprender, retomo el inicio de esta reseña en la que indicaba dos sesgos en la recepción del libro, uno que lo colocaba en el amplio marco del voto a Trump y otro que apuntaba a la historia social de las clases y los pobres en Estados Unidos. Ambos sesgos tienen fundamento en el libro, aunque lo distorsionen. La cuestión está en el título del libro como foco de atención que marca profundamente la argumentación y la lectura, incluso la mirada en sentido amplio, pues el libro es muy visual y se podría analizar en las mismas claves que usa Gonzalo Abril para los “texto-visuales”. 

Me parece que el libro es un gran estudio histórico de larga duración sobre una estigmatización colectiva incrustada en la identidad ideológica de USA. Abusando de la retórica de Norbert Elías, podríamos decir que estudia un fetiche civilizatorio, una especie de fabricación explotadora de las que habla Erving Goffman, pero con efectos en el orden estructural de la sociedad y no sólo, que también, en el orden de la interacción cotidiana. Siguiendo con Goffman –aunque Elías puede ser más productivo en el largo plazo de la formación nacional de Estados Unidos– habría que cumplir con dos precauciones conceptuales que sugiere en su libro Estigma. La primera, pasar desde el lenguaje de los atributos al lenguaje de las relaciones, de manera que las descripciones, las imágenes, el título, la portada, los discursos, los personajes, las anécdotas, etc., no ocupen toda la argumentación y nos impidan comprender el desarrollo del juego. La segunda es cuando nos advierte de no confundir la “historia natural” del estigma con la historia de los colectivos estigmatizados ni con las carreras morales que estos transitan. Por eso señalo que White Trash, en el libro de Nancy Isenberg, es un nombre, una etiqueta o un lema que compacta y encubre un largo proceso de continuas transformaciones protagonizado por los sectores dominantes y sus disputas, los mismo que dan sentido de orden natural a esa terminología despectiva, los mismos que se esfuerzan por encubrir su violencia económica, física y simbólica en un relato civilizatorio en el que los dominados y, especialmente, los discriminados servirían como chivos expiatorios. Así, por más que sea muy importante comprender, en sus propias claves de sentido, a las gentes pobres y vejadas, es igualmente importante comprender y explicar el papel de términos fetiches, como White Trash o como Chavs de Owen Jones. Y ahora sí, recuperando a Elías, comprender los procesos de monopolización y racionalización de la violencia en tramas de interdependencia más extensas y más integradas, en los que esos fetiches o “fantasías sociales” no nos dicen mucho de las personas pobres y sometidas, sino del encubrimiento, a la vista de todos, de la jerarquía social y del poder de los sectores dominantes. En efecto, la victoria de Donald Trump y, más aún, la de Bill Clinton tienen mucho que ver con los White Trash, pero no por las difíciles condiciones de vida de estos, sino por las marcas y recursos que aportan a la lucha por la representación nacional, en la que las élites económicas y meritocráticas reproducen el White Trash como capital propio. Mostrar esto, sin perder de vista los resultados más injustos de esa lucha de clases, es el principal mérito del libro de Nancy Isenberg.


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